mié. Nov 14th, 2018

Surinam: riesgos en el país de las aguas

Los surinameses están convencidos de que en su país sólo pasan cosas buenas. Su frase favorita “Surineme is een gezegend land” en holandés quiere decir “Surinam es un país bendecido”.

Aseguran que en los 163 mil kilómetros cuadrados de la nación más pequeña de América del Sur no hay erupciones volcánicas, ni fuertes terremotos, ni soplan los devastadores vientos huracanados que estremecen con frecuencia a otros estados del continente americano.
La escasa conflictividad social también es un motivo de orgullo en uno de los lugares con la mayor diversidad cultural del mundo. No existe un grupo étnico ni religioso predominante entre sus 560 mil habitantes.
En Surinam conviven pacíficamente los indostanos descendientes de trabajadores que emigraron del norte de India durante la dominación británica, los creoles cuyos ancestros fueron esclavos africanos vendidos para la producción de azúcar, los maroons (cimarrones) descendientes de los esclavos africanos que escaparon y fundaron comunidades libres en la selva, que se extiende hacia el sur hasta la frontera con Brasil, y los javaneses herederos de los trabajadores que emigraron a América a finales del siglo XIX durante la colonia holandesa en Indonesia.
También existen otros grupos minoritarios en tamaño pero que mantienen una fuerte presencia cultural, como los blancos descendientes de los colonizadores holandeses y británicos, los chinos, los árabes, los brasileños, los indígenas americanos originarios y los judíos, integrantes de la comunidad hebrea más antigua de Suramérica.
Esa riqueza multicultural se siente al recorrer Paramaribo, la capital que con sus 260 mil habitantes concentra casi la mitad del total de la población. En la zona hotelera de Torarica los olores del curry indostano se mezclan con los aromas de los platillos javaneses a base de banano y los pasteles creoles.
En el centro de la ciudad, la Mezquita Keizerstraat y la Sinagoga Neve Shalom fueron construidas en terrenos contiguos, en una muestra clara de la tolerancia cultural que impera en Surinam.
La Unesco declaró a Paramaribo como Patrimonio Histórico de la Humanidad por ser un “ejemplo excepcional” de la fusión gradual de la arquitectura y técnicas de construcción europeas con los materiales y la artesanía de los indígenas de América del Sur para crear un “nuevo idioma arquitectónico”. La ausencia de guerras civiles o eventos naturales catastróficos han contribuido a la preservación de la mayoría de los edificios construidos entre 1680 y 1800, aunque fueron edificados en madera y son vulnerables a los incendios y a las plagas.

Inundaciones en el país de las aguas

Paradójicamente, esa percepción general de bienestar dificulta el trabajo de los organismos de prevención de riesgos en el fortalecimiento de la resiliencia en las comunidades vulnerables, expresó Bertha Misiedjian, voluntaria de la Cruz Roja en Nieuw Amsterdan, distrito de Commewijne.
“Todavía no hemos tenido una emergencia de extrema gravedad en nuestro distrito pero las aguas inundan los pueblos constantemente. Esas inundaciones son consideradas normales, no son percibidas como un problema para el que hay que estar preparado”, aseguró Misiedjian, encargada de realizar las Evaluaciones de Capacidades y Vulnerabilidades (VCA) en las escuelas de su distrito.
La concentración de la población en la franja costera y la existencia de caudalosos ríos que atraviesan el territorio de sur a norte, desde la frontera con Brasil hasta su desembocadura en el Océano Atlántico, colocan extensas zonas residenciales en una situación de vulnerabilidad a las inundaciones.
Surinam es el cuarto país con mayores fuentes internas de agua fresca renovable per cápita del mundo, con 183.930 metros cúbicos, según cifras de la FAO de 2014.
Pero en temporadas de fuertes lluvias, esa abundancia ha traído problemas. En mayo de 2006, unos 20.000 habitantes de 175 aldeas de etnias indígenas y maroons fueron afectados por el desbordamiento de los ríos Tapanahony y Lawai, que anegaron 30 mil kilómetros cuadrados de territorio.
El Centro de Coordinación Nacional en Casos de Desastre (NCCR por sus siglas en holandés) y la Sociedad de la Cruz Roja de Surinam (CRS) se trasladaron por vía área a áreas remotas del distrito de Sipaliwim para asistir a la población y distribuir agua potable, alimentos y medicamentos.
Los daños materiales de las inundaciones de 2006 fueron difíciles de cuantificar porque afectaron comunidades con economías de subsistencia excluidas del cálculo del Producto Interno Bruto (PIB) de la nación.
Se estima que el impacto en la calidad de vida de la población fue enorme porque destruyó cultivos que estaban listos para su cosecha, obligó el cierre de las escuelas por el resto del año escolar y dañó cientos de viviendas. Un informe de la Cepal señaló que si las inundaciones en el distrito de Sipaliwim de Surinam en 2006 pudieran ser incluidas en la lista comparativa de desastres en la región sería ubicada junto al Huracán Iván que afectó a las Islas Caimán en 2004 por su fuerte impacto en la economía local.
Pero el surinamés de las zonas densamente pobladas no recuerda la magnitud de ese evento y se siente inmune, reiteró Misiedjian, quien además de ser voluntaria de la Cruz Roja, sirve de enlace de las autoridades municipales sanitarias para realizar la detección y prevención de enfermedades.
Pese a la devastación de las inundaciones de 2006 y a los crecientes problemas ambientales productos del cambio climático, en Surinam no existe un plan nacional de prevención de riesgos y desastres.
“Como no tenemos desastres con regularidad, la gente piensa que no necesitamos estar preparados para una emergencia. No sabemos cuáles son las comunidades vulnerables. Cada organismo trabaja guiado por su propia percepción de vulnerabilidad.”, dijo Humphrey Blinker, Coordinador de Gerencia de Desastres de la CRS.
Para resolver esa situación, la NCCR y la CRS iniciaron en 2015 sesiones de trabajo para usar en Surinam la Metodología de Selección Estratégica (STM por sus siglas en inglés) para seleccionar a las comunidades más vulnerables.
La visión de esta herramienta creada por la Agencia para la Gestión de Emergencias y Desastres del Caribe (CDEMA por sus siglas en inglés) es desarrollar una guía que pueda ser usada de manera transparente y consistente para que los países e instituciones caribeños puedan seleccionar a las comunidades más vulnerables a los desastres y crisis.
“La STM es una gran herramienta para asegurarnos cuáles son las comunidades más vulnerables y para que el resto del país sepa en cuáles comunidades debemos trabajar primero”, aseguró Blinker.
El coronel Jerry Slijngard, director de la NCCR, resaltó la importancia de tener una herramienta de recolección de datos que permita realizar una planificación coordinada entre los organismos gubernamentales y humanitarios. “Es esencial la planificación basada en datos y eso es algo que no teníamos en Surinam”.
En los talleres de trabajo, realizados la última semana de enero de 2016 en Paramaribo, participaron representantes de la Cruz Roja, la NCCR y ministerios como Defensa, Agricultura y Pesca, Vivienda y Educación, Transporte y Asuntos Regionales, así como de la Universidad Anton de Kom, del Cuerpo de Bomberos y representantes municipales.
Slijngard apuntó que uno de los desafíos fue adaptar la herramienta al idioma, la división político territorial y la extensión geográfica de Surinam. “La herramienta fue desarrollada principalmente con la información de las islas del Caribe. Nosotros somos un país grande en relación a las islas. Muchas de las opciones contempladas en la STM no podían ser aplicadas a Surinam, así que sugerimos otras opciones”.
Surinam está dividida políticamente en 10 distritos y 62 resorts ─unidad administrativa que agrupa a varias poblaciones dentro de un distrito─. Slijngard señaló que la incorporación de los resorts en la STM de Surinam es importante porque es el nivel de organización gubernamental más cercano a las poblaciones. “Lo más cercano en las islas a los resorts son las parroquias pero se trata de dos cosas diferentes. No sólo es una diferencia de lenguaje sino de funcionamiento social”.
Romano Jalimsingh, funcionario de la NCCR, explicó que durante el taller seleccionaron el distrito piloto de Commewijne gracias a los valiosos datos recolectados previamente por la Cruz Roja mediante los VCA. Y dentro de ese distrito, la zona más vulnerable fue identificada en el resort de Margharetta.
“Basados en los VCA que se han realizado, podemos señalar áreas que son más vulnerables y menos vulnerables pero no tenemos suficientes datos para emitir declaraciones sobre todo el país”.
Sobre los criterios de selección de Commewijne, Blinker indicó que se trata de una comunidad agrícola, muy cercana al mar, que es afectada por la erosión costera y donde no existe suministro de agua potable por tuberías. La única vía de acceso directo terrestre desde Paramaribo es el puente Jules Wijdenboschbrug. También se puede llegar por vía fluvial en botes, atravesando el Río Surinam.
“Además, ya habíamos implementado programas en esa zona, así que comenzamos con la STM allí porque ya teníamos una red, habíamos trabajado en el lugar y teníamos mucho conocimiento sobre la comunidad”.
La aplicación de la STM a nivel nacional presenta importantes desafíos. “Uno de los problemas es lingüístico, porque no sólo hay que traducirla al holandés, sino al menos a otras 15 lenguas habladas en todo el territorio”, dijo Slijngard.
Otra de las dificultades es geográfica. Veinte por ciento de la población está esparcida en el 80 por ciento del territorio surinamés que está conformado por selva. “El interior es muy vasto y de difícil acceso. Hay que ir en auto y en avión, o en auto y bote para llegar a los lugares. Y si ocurre un desastre, es imposible comunicarse con esas zonas porque no tienen teléfono”, explicó el coronel.
Pero el principal reto para que la STM se convierta en la herramienta de selección de las comunidades más vulnerables para un plan nacional de prevención de riesgos es el financiero porque no existe una partida de gastos por ese concepto en el presupuesto nacional. “Y el respaldo ofrecido por la Comisión Europea y la FIRC simplemente no es suficiente”, apuntó Jalimsingh.
“Hay que llegar a las comunidades. Si llegas allá, la gente responde. Pero es muy difícil por la falta de recursos. Es muy caro llegar allí”.
Para mantener el proyecto a flote, el Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF según sus siglas en inglés) accedió a ofrecer apoyo económico con el objeto de incluir módulos en los cuestionarios que recojan valiosa información sobre la población infantil.
“No siempre podemos llegarle a los padres pero si nos enfocamos en los niños y les damos las herramientas y la información necesaria, podemos formar personas resilientes desde muy temprana edad”, dijo Jalimsingh.
Al concluir la capacitación, fue designado un comité directivo formado por un representante de cada uno de los entes participantes para asegurar la continuidad de la STM y su aplicación en las estrategias de planificación de emergencias a nivel nacional.
Los representantes del comité directivo coincidieron en delegar la responsabilidad de la aplicación de la herramienta a los funcionarios que tienen contacto directo con la comunidad. “Decidimos que la data debe ser responsabilidad de la oficina del distrito, que se encuentra bajo la supervisión del Ministerio de Asuntos Regionales, porque tienen personal allí”, informó Blinker.

La aldea de Roland

Roland Tjokrotaroenoe conversa con un funcionario de la Cruz Roja de Surinam sobre los desafíos de su comunidad Johanna Margheretta, que se encuentra en la ribera oriental del río New Amsterdam, en Commewijne. (Foto José Antonio Gil /IFRC)

Roland Tjokrotaroenoe nació hace 52 años en Johanna Margheretta, un resort de unos 700 habitantes ubicado en la ribera oriental del río New Amsterdam, en Commewijne, el primer distrito seleccionado por su vulnerabilidad en el programa piloto de la STM en Surinam.
Al igual que muchas personas en su aldea, Roland no habla holandés sino sranang tongo, una lengua criolla salpicada de palabras de origen anglosajón. Roland tiene la piel tostada, mide un metro sesenta y es hijo de una pareja de inmigrantes javaneses.
Recibió al equipo de la CRS y la NCCR con una camisa roja, jeans desgastados, una gorra de béisbol y sandalias de goma. Gesticulaba y miraba nerviosamente en varias direcciones, mientras explicaba los pormenores de su pueblo desde el inicio del recorrido.
A la una de la tarde Margheretta parece un pueblo fantasma. Nadie camina por las dos calles adoquinadas que atraviesan la localidad y que llevan los nombres de los grupos étnicos que poblaron esa región: los javaneses y los creoles. A los lados de las vías, se ven jardines con césped bien cortado, palmeras, uvas de playa y bananos. Las casas de madera lucen sólidas y conservan el diseño tradicional de la arquitectura surinamesa: construcciones de listones horizontales de madera, pintadas de blanco o crema claro, con puertas y ventanas contrastantes como rojo oscuro, verde, celeste o lila.
Detrás de las casas, yacen enormes recipientes de hierro oxidado, cubiertos por la maleza. Roland explicó que se trata de calderos para transformar la caña en melaza, usados por los moradores en el proceso de fabricación del azúcar. Aunque el debilitamiento de la industria azucarera ocurrió de forma gradual, fue a mediados de la década de 1980 que la producción se detuvo por completo en los pueblos ribereños del distrito de Commewjine como Johanna Margheretta, frenando así su desarrollo económico y acabando con la principal fuente de empleo local.
Por eso la soledad del mediodía no es fortuita. La mayoría de los adultos debe atravesar el río en un bote cuyo trayecto cuesta 12,50 dólares surinameses (alrededor de 1,70 dólares estadounidenses) para ir a trabajar en la zona comercial de Nieuw Amsterdam o en Paramaribo.
Los primeros días de septiembre la escuela también está desolada porque los estudiantes están de vacaciones. Al comenzar el año escolar, 5 maestros se trasladarán a diario desde la ciudad, en un bote especial designado por el Ministerio de Educación, para educar a 40 niños que cursan el preescolar y la primaria.
Los jóvenes que continúen su educación media deberán despertarse a las 5 de la mañana para trasladarse hasta el instituto de bachillerato más cercano, que comienza a la 7 am.
Margheretta es una localidad limpia. No se ven desperdicios en las calles ni acumulaciones de basura aunque no existe un servicio de recolección de desechos sólidos permanente. Allí cada vecino se encarga de mantener aseada su propiedad. Tampoco tiene tuberías de agua potable, si bien el país posee una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Las familias se abastecen con sistemas de recolección de agua de lluvia, que almacenan en tanques de plástico y usan para beber y cocinar. Para el aseo personal, Roland, su esposa y sus dos hijos adolescentes se bañan en una poza de agua de río que está detrás de su vivienda.
Una parte importante de su alimentación proviene del pescado capturado en los ríos adyacentes y lo comen fresco, ahumado o salado. El pescado ahumado lo preparan en el patio con leña, mientras que otros platos son elaborados en cocinas de gas propano que se encuentran dentro de las viviendas.
Cerca del puerto hay un centro de salud pero sólo abre cada dos semanas con la visita de dos médicos de atención primaria. Cuando se presentan emergencias, como accidentes o partos, hay que trasladar a los pacientes en botes alquilados. “Pero cuando alguien cae enfermo, todos reunimos para pagar el coste”.
Roland relató que con la llegada de la luna llena sube la marea, el agua del río inunda las casas contiguas y poco a poco va erosionado su ribera. También sus casas han sufrido daños con eventuales ráfagas de vientos. “Hace un año se voló el techo de uno de los vecinos. Pero entre todos lo recogimos y lo volvimos montar”, dijo Roland.
Pero las constantes inundaciones no son percibidas como una calamidad. Su principal preocupación es la falta de canchas de deportivas para hijos adolescentes. “Ellos no tienen nada que hacer. Sólo beben, fuman y se meten en problemas”.
Roland no siente que su comunidad es insegura pero piensa que hay que tomar medidas urgentes para mantener a la juventud ocupada en actividades culturales y deportivas. Misiedjan, voluntaria de la Cruz Roja en el distrito, compartió esa preocupación. “Cada vez hay más denuncias de tráfico de drogas por el río”, advirtió.
Ambos confían que con un poco de voluntad política y el apoyo del sector privado y organismos internacionales, los habitantes de Johanna Margheretta pueda desarrollar un plan de creación de áreas recreativas. La primera acción prevista por Roland es recuperar una cancha de fútbol que existe pero que ahora está cubierta por el monte.
Roland se siente orgulloso del pueblo legado por sus padres y desea conservarlo en buen estado para que lo disfruten sus hijos y sus nietos.

La labor diaria de la Sociedad de la Cruz Roja de Surinam
Bertha Misiedjian es una mujer de baja estatura, robusta y sonrisa amplia que visita a diario, desde hace 8 años, las poblaciones del distrito de Commewijne.
Se sintió a gusto desde la primera vez que fue invitada a participar en una actividad de la CRS y ahora el voluntariado forma parte de su vida.
Una de sus funciones es llevar a cabo los VCA en las escuelas, en las que el personal docente y los alumnos realizan mapas de sus instalaciones donde identifican sus capacidades y vulnerabilidades.
“Nosotros lo que queremos es crear conciencia. Al principio, la gente dice que no. Ellos piensan que nunca ocurrirá un desastre. Simplemente se adaptan a las situaciones que se les presentan. En ese sentido son personas resilientes, el problema es que no logran superar su vulnerabilidad”.
Aunque Misiedjian es una optimista incansable, reconoció que a veces las personas ofrecen tanta resistencia que algunas incluso destruyen los carteles y el material informativo que ella coloca en las carteleras de las escuelas luego de impartir cursos de primeros auxilios y gestión de desastres.
Pero esos reveses no doblegan la voluntad de Misiedjian. “Necesitamos más dinero para capacitación y para crear conciencia”.
Al finalizar su trabajo en una institución educativa, Misiedjian se siente satisfecha. “Los directores de las escuelas tienen una mejor información sobre el estado de las instalaciones, conocen las rutas de escape y están preparados para actuar si ocurre una emergencia. Los niños también aprenden mucho y los padres se motivan al ver aprender a sus hijos. Así toda la comunidad se involucra y se prepara para las emergencias”.
(Si es necesario, puedo agregar otros testimonios de voluntarios de la CRS)

Otros actores en zonas de riesgo
Los habitantes de las áreas densamente pobladas en el norte de Surinam también son vulnerables a las inundaciones producto del cambio climático. Las mareas altas del Océano Atlántico han socavado extensos sectores de la franja costera, aumentando el riesgo de las comunidades a las inundaciones.
Weg Naar Zee (El camino hacia el mar) es un resort del distrito de Paramaribo que queda a unos 20 minutos en automóvil desde el centro de la ciudad. Es un lugar que concentra el principal punto de peregrinación de la comunidad hindú, un importante centro de producción agrícola y un programa piloto de reforestación de manglares para preservar las costas de Surinam.
Al finalizar la vía asfaltada de Weg Naar Zee emergen figuras de yeso de unos 20 metros de altura y colores intensos que representan los principales dioses de la religión hindú: Januman (el dios mono), Ganesha (dios elefante), Lakshimi (diosa madre), y Parvati (esposa de Shiva y madre de Ganesha).
A un lado del templo, sobre el lecho marino que luce como un lodazal cuando baja la marea, se observan decenas de troncos de bambú alineados en forma de enormes cajas. Ese es el lugar de trabajo de Crista Fung-A-hoi, investigadora del Foro de Cambio Climático y Manglares de la Universidad Anton de Kom de Surinam.
Fung-A-hoi relata que en esa zona, donde viven 16 mil personas, las aguas oceánicas han causado daños y han forzado evacuaciones en los últimos años. Las cosechas del llamado “jardín de vegetales” también han disminuido drásticamente por las inundaciones. Las fluctuaciones del mar son tan extremas que el agua se puede retirar o avanzar varios kilómetros desde la playa.
La respuesta gubernamental ante los efectos del cambio climático ha sido la construcción de diques de concreto para contener el paso del agua y proteger las zonas más afectadas, solución criticada por el profesor de hidrología Sieuwnath Naipal, quien dirige el equipo integrado por Fung-A-hoy.
La Organización Panamericana de la Salud advirtió que en el resort de Wageningen del distrito costero de Nickerie, fronterizo con Guyana, se han detectado brotes de rotavirus ocasionados por el aumento en los niveles de agua fluvial producto del inadecuado desagüe de diques.
“El problema es que los diques no son lo suficientemente resistentes. En 2013 construyeron un dique aquí y ya está roto, con el agravante que los manglares que quedan detrás mueren por falta de agua. Cuando el dique se rompe y sube la marea, ya no existe la barrera natural que ofrecen los manglares y empeora la inundación” explicó Fung-A-hoy.
La erosión es un gran problema para los 400 kilómetros de costa de Surinam. “Los manglares están desapareciendo y ellos son los protectores de las costas. Nosotros proponemos que nos den la oportunidad de detener la erosión de una manera natural y efectiva restaurando los manglares”, dijo la bióloga de ascendencia asiática, mientras señalaba una estructura de concreto destrozada por el mar.
El equipo de la Universidad Anton de Kom desea comprobar que los sistemas flexibles y biodegradables aportan mayores beneficios y son más económicos que los diques de concreto.
“Primero tenemos que crear las condiciones para que el manglar sobreviva. Los manglares jóvenes no pueden estar sumergidos más de dos horas en el agua porque mueren”.
Los investigadores colocaron estructuras de bambú cerca de la costa con la idea de frenar parcialmente la fuerza del oleaje cuando se aproxima al litoral y a la vez retener parte de los sedimentos cuando el agua regrese al océano.
“El dique detiene el agua abruptamente. Mientras que por las raíces del mangle, el agua pasa lentamente, disminuyendo la erosión”.
Otra parte del programa consiste en la creación de viveros, a partir las semillas de mangle recolectadas por los estudiantes de pregrado. Los plantones son llevados a los riachuelos donde comienzan a crecer y cuando son lo suficientemente fuertes son trasplantados en la orilla del mar recuperada por las estructuras flexibles de bambú.

Los desafíos de Surinam
Las autoridades de Surinam decidieron dar sus primeros pasos hacia la conformación de un Plan Nacional de Prevención de Riesgos al adoptar la STM como la herramienta que utilizarán todos los organismos oficiales, humanitarios o privados para la selección de poblaciones vulnerables, gracias a la iniciativa apoyada la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja con fondos de la Comisión Europea para la Ayuda Humanitaria y la Protección Civil.
El país tiene capacidades importantes como una mínima incidencia de eventos catastróficos como terremotos y huracanes, y un tejido social firme con bajas posibilidades de enfrentamientos civiles por intolerancia cultural o religiosa.
Hay que subrayar que aunque Surinam es un estado miembro de la Comunidad del Caribe (Caricom por sus siglas en inglés) y tiene grandes semejanzas culturales con estados insulares como Trinidad, desde el punto de vista geográfico comparte las características de estados continentales amazónicos como Guyana y Brasil.
El declive de los precios de sus principales productos de exportación, el oro y el petróleo, y el cierre de importantes instalaciones siderúrgicas han afectado negativamente las finanzas nacionales. En 2016, Surinam cerró con la tercera mayor inflación del mundo con 64%, frente a una tasa inflacionaria promedio del 4% en los años previos.
Aunque el Banco Mundial pronosticó que la contracción económica que alcanzó 2 por ciento en 2016 llegó a su fin y que el país crecerá un 2% en 2017, se prevé que existan importantes restricciones en el gasto público que afectará las previsiones para planificación y prevención de riesgos.
Los miembros del Comité Directivo de la STM confían en conseguir el respaldo de organismos internacionales para seguir avanzando en el área de prevención de riesgos y fortalecimiento de la resiliencia comunitaria.
La teniente Jamilla Lebeda, integrante del comité por el Ministerio de la Defensa, consideró que la continuación de la aplicación de la herramienta es esencial para el país. “Será beneficioso para la población, para el Ministerio de la Defensa y para el gobierno de Surinam”.
Dulci Durbam, funcionaria de la NCCR involucrada en el proyecto expresó: “Lo más importante de todo esto es que las comunidades aprendan a ayudarse a sí mismas y a ser resilientes cuando exista una situación de desastre. Y pienso que ese es el objetivo de la STM: que puedan salir de su vulnerabilidad y ser resilientes ante cualquier situación que se presente”.

TRABAJO REALIZADO PARA LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL DE LA CRUZ ROJA COMO PARTE DE LA SERIE RESILIENCIA EN ACCIÓN

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