Aguantamos el encierro pero ¿podríamos soportar el mundo sin arte?

Aguantamos el encierro pero ¿podríamos soportar el mundo sin arte?

Son las seis de la tarde de un día cualquiera de la cuarentena. Mi hija mayor se ríe y mueve la cabeza con la mirada perdida en una pared en la que refleja sus fantasías, mientras tararea una canción que escucha a solas con su móvil destartalado y sus auriculares rosados.

Mi hija pequeña colorea un rato en su escritorio, se levanta para inventar coreografías al ritmo de alguna banda de moda y luego se queda inmóvil frente a la tele, enredada en las historias de las series infantiles.

Mi marido se pone al día con películas galardonadas que no tuvo tiempo de ver o con clásicos del cine que marcaron su juventud y que ahora han sido resucitados por las plataformas de streaming.

Yo leo y escribo en la mesa del comedor. A veces produzco y consumo noticias. Y a ratos escapo de este mundo y me zambullo en el de la prosa y la poesía.

La música, el cine, la literatura, la pintura, el baile nos transporta mucho más allá de esta esquina desolada del norte de Madrid donde nos agarró la pandemia. Marzo y abril han sido llevaderos gracias al arte.

El antídoto del siglo XX

La reflexión sobre la importancia del arte en la vida del hombre no es nada nueva. Nunca fue más cierta la manoseada frase del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw: «Sin arte, la crudeza de la realidad sería insoportable”.

Shaw nació en Dublín en 1856, en un país devastado por una hambruna que mató a un millón de personas y obligó a otro millón a migrar para sobrevivir desde un país paupérrimo de ocho millones de habitantes. El autor emigro como otros tantos irlandeses y desarrolló su prolífica carrera en un planeta convulso que atravesó dos guerra mundiales.

La experimentación, el rompimiento con las reglas para expresar la dureza y la complejidad de un mundo cada vez más atemorizante fue una constante en todas las expresiones de las bellas artes de la primera mitad del siglo XX. Pablo Picasso, Jackson Pollock, Salvador Dali, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Federico García Lorca, Franz Kafka fueron algunos de los exponentes artísticos de esa época.

La nueva resistencia

La conmoción causada por el virus que paralizó al mundo y ha matado a 115 mil personas en tres meses ha sido tolerable gracias el alivio emocional que proporciona el arte.

Aunque aún es pronto para pronosticar los rumbos que tomará el arte cuando la ciencia venza al Covid-19, los artistas han reaccionado de forma inmediata para acompañar al público y defender sus modos de vida.

Eso no impidió que los tenores cantaran a sus vecinos. Esa solidaridad fue seguida por los conciertos en línea de cantantes populares. Los museos, las bibliotecas, las orquestas liberaron las restricciones para acceder a sus contenidos virtuales.

El domingo de Pascua, Andrea Bocelli ofreció un concierto de música religiosa frente a la plaza vacía de la Catedral de Milán para enviar un mensaje de esperanza a los italianos tan vapuleados por el virus que se cebó en sus ancianos.

La Orquesta Sinfónica de Miami ofreció un concierto por las redes sociales en el que los músicos siguieron desde sus casas la batuta del director Eduardo Marturet .

La CULTURA está con nosotrxs todos los días. Miles de familias trabajan en ella todos los días. Miles de personas que necesitan garantías para seguir haciendo lo que siempre han hecho. Existimos, estamos aquí y queremos seguir estando.

Lee la historia completa en Yahoo Noticias.

¿Una fiesta familiar para romper la rutina en la cuarentena? Sí, y mis niñas la disfrutaron como nunca

¿Una fiesta familiar para romper la rutina en la cuarentena? Sí, y mis niñas la disfrutaron como nunca

¿Ante una circunstancia tan extraordinaria y desgarradora como la pandemia del coronavirus COVID-19 es correcto celebrar con los niños dentro de casa?, me pregunté el viernes en la noche cuando improvisamos una fiesta.

Luego de pasar 17 días en casa, Los rostros de mis hijas no reflejaban la habitual energía anticipatoria del fin de semana. Así que después de cenar las animé a festejar.

Lo primero que me vino a la cabeza cuando comenzamos a brincar como locos fue la película La Vida Es Bella del cineasta italiano Roberto Begnini, en la que un padre judío crea un mundo fantástico para que su hijo sobreviva los horrores de un campo de concentración nazi.

No quiero decir con esto que mi familia está sufriendo las penurias a las que fueron sometidos los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a mi necesidad de proteger emocionalmente a mis hijas de una situación de tal gravedad que las autoridades han reconocido que sólo “habíamos visto en los libros de historia”.

Leer nota completa en Yahoo Noticias.

A Naky

A Naky

Conocí a Naky en 2006.

En esa época aún atravesaba una larga convalecencia que me impedía leer libros completos sin dormirme. Por más que intentaba leer más de cinco páginas seguidas, terminaba bostezando aletargada por una enfermedad que padecía desde hace 10 años.

Un día me di cuenta que la luz del ordenador me mantenía más tiempo alerta y comencé a consumir textos cortos publicados por blogueros que conseguía al alzar por internet.

Así me topé con esa chica que expresaba sin tapujos sus pensamientos más íntimos en un blog que inicialmente llamó Zaperoconakistico.

El blog Zaperoconakistico fue precursor de El Zaperoco de Naky. (Captura de pantalla)

Me enganché con sus historias cotidianas, con su mirada aguda sobre la vida en Caracas, la ciudad en la que nací y donde siempre me he sentido una extraña, pero que ella transitaba con total naturalidad.

Aún recuerdo tres posts con los que reí, lloré y reflexioné sobre mi somnolencia y mi necesidad de volver a escribir. En una se lanzaba como Miss Bloguera o Miss Internet en una clara sorna al empeño de los venezolanos a celebrar concursos de belleza.

Me divertí con ese acto de rebeldía de lanzarse como Miss. Me gustó la manera desenfadada con la que compitió con otras blogueras “mamirruquis” de aquellos tiempos.

La otra publicación que recuerdo fue un linchamiento en Palo Verde. Naky relató la conmoción que sintió al escuchar un zafarrancho entre los vecinos hasta que descubrió que Fuenteovejuna había matado a un bandido.

Y el último post que se me viene a la mente fue uno que publicó en medio de un viaje de trabajo, donde lamentaba tener un empleo que no amaba y que le restaba tiempo para escribir.

Desde entonces, Naky ha evolucionado como comunicadora. Las redes sociales se fortalecieron y la astuta bloguera se convirtió también en una certera twittera que no se ha quedado callada ante la dictadura que fue echando raíces en Venezuela.

También me acostumbré a verle la cara junto a su pareja Luis Carlos Díaz en su Hangout Político, donde hablaron a los venezolanos sobre derechos humanos, torturas, elecciones, represión, manifestaciones y muchos  temas candentes en la Venezuela revolucionaria.

Y como buena periodista migrante en la era Madurista, Naky me facilitaba la vida con su resumen diario de noticias que publicaba en sus redes sociales.

Naky era uno de los vínculos informativos sólidos que mantenía con Venezuela. En una época de persecución periodística y cierre de medios tradicionales, Naky era uno de mis referentes cuando necesitaba una mirada que me diera más elementos que otras versiones periodísticas más recatadas.

Hace unos meses le perdí el hilo a Naky porque mi adaptación a España requirió un necesario ejercicio de distanciamiento emocional e informativo de Venezuela. Leía sólo lo indispensable para mantenerme medianamente en sintonía con lo que ocurría en mi atropellado país.

Hasta que hoy la vi recuperándose de una enfermedad en una foto que publicó Luis Carlos en Instagram.

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3 meses después, @sabrapepe vuelve a casa. Hay que recuperar cierta normalidad, o al menos fingirla. #PepeTerapia

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Mi cabeza se trasladó de inmediato a esos días tristes de 2006 cuando yo también recuperaba mi salud. Hasta he dudado de la existencia de esas publicaciones firmadas por Naky donde fue Miss, empleada insatisfecha y testigo de un crimen. Quizás lo soñé en uno de mis ataques de narcolepsia pero confío en que ella misma algún día me confirme o desmienta la veracidad de esos recuerdos.

No soy una mujer de fe para ofrecerle oraciones para su sanación. Tampoco estoy en una onda de  enviar energías universales para fortalecer su sistema inmunológico.

Lo único en lo que realmente creo es en el poder de la palabra. Y por eso las uso hoy para cruzar el océano y llegar a esa ciudad donde ella aún vive.

Le escribo para decirle que la conozco aunque ella no me conoce a mí. Sus palabras encendieron mi cabeza en un momento de adormecimiento y me convencieron de que siempre es mejor escribir que permanecer en silencio.

Hoy le deseo que el cáncer que padece sea pronto un amargo recuerdo y le pido que siga escribiendo sus zaperocos con el mismo ímpetu y la misma vehemencia.

Naky es una mujer necesaria.

Por qué le digo sí a la educación sexual de mis hijas

Por qué le digo sí a la educación sexual de mis hijas

Leonardo era un muchachito espigado, de cabello oscuro, que emulaba al Zorro con una espada imaginaria en el patio de mi preescolar. O al menos ese es el recuerdo borroso que tengo del primer niño que hizo latir rápido mi corazón hace más de 40 años.

Yo tenía unos 4 o 5 años. Creo que jamás notó mi presencia y seguro que nunca nos hablamos, pero me encantaba.

Esa es mi memoria más remota sobre mi identidad de género: me reconocía como una niña y también sabía que me gustaban los varones. Pero eso lo sé ahora porque durante mi infancia y mi adolescencia mis padres nunca me hablaron de sexo.

Todavía jugaba con peluches y paseaba en bicicleta por mi vecindario cuando me sorprendió mi primera menstruación una semana antes de cumplir 10 años. Pensé que me pasaba algo grave cuando desperté mojada con una sustancia pegajosa, después de pasar la noche sudando frío con unos terribles retortijones en las tripas. Mi malestar se transformó en desespero cuando fui al baño y vi mi ropa interior chorreada de sangre.

Sentí mucho miedo y salí corriendo a llamar a mi mamá. Pero el acontecimiento la agarró completamente desprevenida y en lugar de calmarme y explicarme lo que me sucedía, me abrazó fuerte y también se lanzó a llorar.

Luego de la conmoción inicial, mi mamá se calmó y me explicó que me había convertido en una “señorita”. Me ayudó a bañarme, buscó la toalla sanitaria más grande de este mundo y salí caminando como un pingüino, con la sensación de tener metida una almohada entre las piernas.

A los 10 años veía muy pocas ventajas de convertirme en mujer. No entendía por qué me dolían tanto los pezones, que de paso ya no podía disimular porque coronaban unos senos que crecían como naranjas. Odiaba los vellitos que poblaron mis axilas y mi pubis y que no me atrevía a eliminar por temor a cortarme con la afeitadora de papá. Me aterraba la idea de manchar la falda del colegio y quedar en evidencia delante de todo el salón. Detestaba los agobiantes dolores de vientre y luego faltar unos días a mis prácticas de natación porque ignoraba la existencia del tampón. Y ni les cuento la rabieta que agarraba cuando mi hermano mayor me estiraba la liga del brassier para usarla como una honda sobre mi espalda.

Mi mamá siempre estuvo pendiente de mí. Me compró tres sostencitos blancos que usaba como una penitencia. Me enseñó a rasurarme y a usar desodorante. Lavaba mi ropa interior de tal manera que nunca quedaba ni un atisbo de mancha. Y censuraba con vehemencia las burlas de mi hermano.

Pero de sexo nunca hablamos. No le pregunté el motivo de tantos cambios y ella tampoco me los explicó. Y no la culpo porque seguramente no sabía cómo hacerlo.

A los 13 años ya había completado mi desarrollo físico y las hormonas parecían miles de hormigas que correteaban dentro de mi cuerpo. Sin darme cuenta dejé de ser la niña desaliñada que nunca le gustaron las muñecas y me convertí en una adolescente coqueta que se pintaba las uñas y soñaba con salir a bailar a una fiesta.

Sobre sexo aprendí de las telenovelas, de las conversaciones con las amigas y de mis propias experiencias.


Y no tengo arrepentimientos. Pero hubiera sido genial si en la escuela hubiéramos discutido de manera supervisada sobre los cambios que nuestros cuerpos, sobre las verdades y los mitos de la menstruación, del embarazo, de la virginidad. Hubiera sido bueno escuchar a un adulto explicar las consecuencias del sexo sin protección o cómo reaccionar al hostigamiento o los avances sexuales no deseados.

Hoy tengo dos niñas de 6 y 8 años a las que les respondo todo lo que desean saber sobre sexo. Ya superamos la etapa en la que preguntan de dónde vienen los bebés, por qué mamá tiene pelitos y yo no, por qué a papá le guinda eso entre las piernas y ahora vamos avanzando hacia interrogantes más complejas.

No evado mi responsabilidad de ser el pilar de la educación sexual de mis hijas pero estoy convencida de que la escuela y el estado también tienen que cumplir un papel importante en esa formación, que va mucho más allá de explicar el coito y que tiene mucho más que ver con la formación de su identidad, de su autoestima, de su responsabilidad personal y de su capacidad de decidir cuando no están mamá y papá.

En Panamá, 4.880 adolescentes entre los 10 y los 19 años quedaron embarazadas en los primeros 5 meses del 2016, según el Ministerio de Salud pero hay quienes se oponen a un proyecto de ley que propone políticas de salud sexual y reproductiva. También se oponen a unas guías de educación sexual dirigidas a maestros y estudiantes de primaria y secundaria, argumentando que son documentos importados que atentan contra la moral y la inocencia de los niños.

Me pregunto qué piensa hacer la sociedad panameña para evitar que 40 niñas se embaracen diariamente en un país que no llega a 4 millones de habitantes o para impedir que el SIDA sea la tercera causa de muerte de la población entre 19 y 24 años si no poseen un marco legislativo y educativo que afronte la situación como un problema de salud pública.


Hace unos días una jovencita con uniforme escolar de unos 11 años se montó en un autobús y saludó cariñosamente al conductor, quien rápidamente le cedió el volante a un ayudante y se fue a sentar a la última fila para sobar y besuquear a la muchachita, todo ante el silencio y complicidad de los pasajeros adultos que veían la escena. El incidente, relatado por una persona que iba en el colectivo, muestra la doble moral reinante en nuestras sociedades.

Otra gran hipocresía es la exclusión de las jóvenes embarazadas de los colegios, como si tuvieran una enfermedad infecciosa, mientras que la pareja sexual de la niña se lava las manos como si la hubiera preñado el Espíritu Santo. Los colegios están muy preocupados por  guardar sus apariencias pero al negar la educación condenan a esa madre adolescente y a su hijo a la pobreza.

Mi deseo es preparar a mis hijas desde ahora para lo inevitable: dejarán de ser niñas y vivirán muchos cambios antes de transformarse completamente en mujeres. Y desearía que afronten las metamorfosis bien informadas, con la educación que les doy en casa y con todo lo que puedan aprender en el colegio. Porque estoy clara que internet y los amigos serán una fuente de información no siempre creíble pero constante en asuntos de sexualidad.

El hecho de que los panameños estén en las calles discutiendo el tema es un paso positivo. Unos están a favor y otros en contra. Pero  hay movimiento. Yo creo que la educación sexual es una responsabilidad compartida entre las familias y el estado que no podemos postergar en ninguna parte del mundo.

No estoy dispuesta a criar a mis hijas con los mismos tabúes con los que crecimos mis abuelos, mis padres, mi esposo y yo en pleno siglo XXI. Ellas merecen mucho más.

Xenofobia: la hiel que todo lo pudre

Xenofobia: la hiel que todo lo pudre

La xenofobia en el mundo está a flor de piel. Había intentado no darme por enterada del asunto aunque a mí alrededor he escuchado comentarios y visto actitudes con una hostilidad velada o abierta hacia los extranjeros.

Uno de los motivos de mi aparente indiferencia era de mera supervivencia. No deseaba ponerme a la defensiva todas las veces del día en que escuchaba a una cajera de un supermercado, a un policía, o algún interlocutor expresarse con recelo de los que no somos panameños.

Como inmigrante he practicado una especie de credo personal en el que intento no juzgar a las personas por su nacionalidad. A mis amigos no los escojo por el lugar donde nacieron o crecieron, sino porque me gustan y tenemos valores afines. Intento cumplir las leyes al pie de la letra, intento no opinar de política o sobre temas sensibles que involucran la identidad de mis huéspedes. Estoy clara en que me asiste un derecho humano fundamental a la libertad de expresión pero prefería no abrir mi bocota para no meterme en problemas.

Aplaudo que mis hijas se integren completamente a la cultura local y me parece absolutamente normal que algún día ellas apenas recuerden su país de origen y quieran con locura el lugar donde se hicieron mujeres.

Pero esta mañana sentí en carne propia lo tóxico que es la xenofobia para el alma de todos los involucrados. Las ofensas toman otro matiz cuando el motivo del ataque es el prejuicio y el odio hacia tu nacionalidad. Allí lo que hay no es rechazo sino odio. Y cuando se odia no hay espacio para nada más.

La ofensa

Lo grave y lo triste de la xenofobia es que emerge en los lugares menos pensados. Mi desagradable incidente ocurrió este domingo en la mañana en la sala Anayansi del Centro de Convenciones Atlapa de Panamá, a donde fui con mis dos hijas pequeñas a ver un espectáculo musical infantil.

Al llegar, una joven muy educada y vestida con un traje oscuro tomó mis tres boletos y nos acompañó hasta nuestros asientos. Eran el 151, 152 y 153 de la fila X, en el sector que ellos denominan luneta 3. Para los que no conocen el teatro es el grupo de filas más alejado del escenario que se encuentra en el patio central.

Mi hija de 5 años me apretaba el brazo y me decía que no podía aguantar la emoción cuando apagaron las luces. Calculo que apenas un tercio de las sillas estaban ocupadas al inicio de la función. Entonces las jóvenes trajeadas de negro, que son las personas autorizadas para cuidar del orden y el protocolo de la sala, pidieron a todos los que estábamos sentados en el fondo que podíamos ocupar cualquier asiento disponible en el teatro.

Las mamás y las niñas corrieron en estampida a buscar una mejor ubicación. Yo lo dudé por un segundo porque nunca me ha gustado trasgredir ese tipo de normas. Simplemente no me siento cómoda. Pero ante la reacción general, tomé a mis hijas por las manos y nos mudamos a unos puestos vacíos a pocas filas de la tarima.

Acto seguido escuché a una mujer en la fila de atrás decirle a una amiga: “¡Esas seguro que son venezolanas!”


Quizás en otra circunstancia me hubiera quedado callada, pero sentí mucha rabia cuando vi que mis hijas me miraron con una carita de preocupación. La emoción por el inicio del espectáculo se esfumó y comenzó la batalla.

“Soy venezolana y no me estoy sentando aquí por viva sino porque nos dijeron que podíamos hacerlo”, respondí.

En ese momento me hervía la sangre por la alusión pero podía comprender la molestia de la mujer. Los asistentes de las primeras filas pagaron boletos de $60 dólares, unos $20 más de lo que costaron los tickets de las filas más retiradas. Entiendo que a los de las primeras filas no les parezca justo que repentinamente la zona VIP se llene de gente que no pagó por ese privilegio.

La mujer no se calmó con los trucos del mago que iniciaba el show. Insistía en que “tuviéramos la decencia de levantarnos del lugar porque su hija no veía y nosotros no habíamos pagado por esas butacas”. Se paró y se fue a discutir con las muchachas que autorizaron el cambio de puestos.

Total que apareció una supervisora de la sala y nos pidió que nos retiráramos hacia atrás. Debo aclarar que no me lo pidió solo a mí sino los que se habían sentado cerca de la mujer que armó el escándalo. Cuando me paré con mis hijas para sentarme nuevamente en las filas de atrás volví ver a la mujer beligerante. Es terrible sentir el odio en la mirada de un ser humano, en este caso de una madre que acompañaba a su hija a un espectáculo infantil. Pero lo peor fue haberla mirado con el mismo odio, con el mismo desdén, con las mismas ganas de no compartir el mismo espacio, ni respirar el mismo aire. Esa es la hiel que destila la xenofobia. Todo lo pudre, todo lo envenena.

Nunca supe cómo fueron los trucos del mago porque no vi ni uno. Luego no pude contener las lágrimas cuando se apagaron las luces y comenzó a sonar la música que tanto emocionó a mis chiquitas. Afortunadamente ellas disfrutaron y vieron el incidente como una simple confusión de puestos.

Pero allí no hubo confusión. Fue una muestra clara y abierta de xenofobia. A la mujer xenófoba no se le ocurrió pensar que en Atlapa siempre se arma un jaleo con los puestos, ni se abstuvo de sacar su cámara y tomar fotos cuando comenzó el espectáculo aunque repitieron varias veces que estaba terminantemente prohibido.  Cuando hay bajeza y mezquindad la culpa siempre la tiene el otro. Los extranjeros cargamos con las culpas propias y las ajenas, aquí y en cualquier parte del mundo.

Así que decidí que no me callo más las agresiones y el menosprecio, directo o indirecto, entre personas de distintas nacionalidades porque nos está haciendo mucho daño y tenemos que parar en seco un clima de hostilidad mundial que nos está quitando la humanidad. No me voy a calar a los venezolanos que se pasan el día criticando a los panameños sin ninguna intención de integrarse, pero no me quedaré callada ante situaciones como las que viví hoy.

Yo no quiero ser maltratada por ser venezolana, ni por ser mujer, ni por ser periodista. Ni mucho menos quiero maltratar a nadie por ser quien es. Es muy fácil decirlo, pero parece que el universo conspira por enfrentarnos. Si caemos en esa trampa, perdemos todos.

¿A quién le importa el peligro que corren los periodistas de provincia en Venezuela?

¿A quién le importa el peligro que corren los periodistas de provincia en Venezuela?

La imagen de una turba lanzando por un balcón a dos miembros de un equipo de prensa de una alcaldía se me ha quedado entre ceja y ceja. Una disputa por mejoras salariales. Ánimos caldeados. Forcejeos. Animosidad política. Periodistas malheridos y golpeados.

El 27 de junio se celebra el Día del Periodista en Venezuela.  Mis colegas margariteñas llaman a junio el mes de las patronales porque todo el que tiene alguna visibilidad  en el sector público o privado agasaja a los comunicadores sociales. Desde mi perspectiva cínica del mundo, lo veo como una repartición de migajas a un gremio subestimado y mal pagado, pero eso ya forma parte de otra historia.

Lo cierto es que si en el interior del país un periodista no se quiere morir de hambre tiene que trabajar para alguna de las pocas empresas que todavía tienen presupuesto para costear un departamento de comunicaciones o para el gobierno. La crisis de los medios es profunda. Las radioemisoras pagan mal, los periódicos malheridos por la falta de papel y de publicidad te sacan el jugo a cambio de un sueldo miserable y los medios digitales emergentes aún no han logrado el punto de equilibrio necesario para convertirse en una fuente de trabajo confiable.

La situación de los periodistas que laboran para las alcaldías tampoco es óptima. El sueldo no alcanza así que generalmente tienen otros dos empleos. Tampoco tienen estabilidad. A diferencia de los que logran un cargo en un ministerio, que les otorga los beneficios de ser empleado público, el personal de prensa municipal cambia el día de las elecciones. Forman parte de “los empleados de confianza” y su puesto es de libre remoción. Y ahora, para colmo, se ha convertido en un oficio de alto riesgo.

Ser empleado de confianza implica que trabajas para el alcalde. La gente te etiqueta para bien o para mal de acuerdo con la popularidad y la calidad de la gestión de tu jefe y , al final del día, te beneficias de las prebendas  o pagas los castigos.

No conozco los detalles del terrible hecho que ocurrió el miércoles 3 de junio de 2015 en la alcaldía Mario Briceño Iribarren del estado Aragua. Lo que sí sé es que el camarógrafo Alejandro Ledo y los periodistas Elena Santini y Pedro Torres estaban trabajando cuando fueron brutalmente agredidos por personas que no deseaban que se informara lo que ocurría en ese lugar. Y en un país donde la impunidad es absoluta, unos individuos apoyados por el gobernador psuvista Tareck el Aissami decidieron aniquilar al mensajero. Lanzar al vacío a los comunicadores fue la genial idea que se les ocurrió para resolver sus problemas y exigir sus reivindicaciones contractuales. Tengo que mencionar que al menos otros 10 empleados municipales sufrieron lesiones en el ataque.

Hoy Ledo yace en una cama con polifracturas y un edema craneal. Santini salió mejor librada con una fractura en el pie derecho, mientras que Torres tiene los huesos del cuerpo completos porque no lo echaron a volar pero su rostro recibió la furia de una golpiza.

Aquí hay que poner las barbas en remojo.  Los periodistas regionales somos más vulnerables porque tenemos menos visibilidad. Nadie conoce y a nadie le importa el destino de un periodista de una alcaldía de pueblo. Pero a mí sí. Son mis amigos y mis colegas.  Cierro los ojos e identifico a casi todos los colegas de los 11 municipios margariteños. Y a todos los veo en peligro, volando por las ventanas, si no nos movilizamos para parar en seco esta violencia que dejará sin hijos a Venezuela.